Descubrí que sobrevivir a un ataque mafioso era menos agotador que soportar clases de etiqueta durante seis horas seguidas.
Y eso ya decía bastante.
—La espalda recta, señorita Markova.
Enderecé la espalda por quinta vez en menos de tres minutos.
La mujer frente a mí suspiró como si yo fuera su mayor decepción personal.
La odiaba un poco.
Quizás mucho.
Se llamaba Lucía Moretti. Una mujer italiana elegante, perfectamente peinada, con un vestido beige imposible de arrugar y una capacidad sobrenat