Los días siguientes fueron los más largos de mi vida.
Cada mañana me despertaba esperando que algo hubiera cambiado. Me tocaba el vientre. Me miraba en el espejo. Buscaba señales donde no las había. Henrik me decía que tuviera paciencia. Pero la paciencia nunca había sido lo mío.
Las náuseas seguían. A veces por la mañana. A veces por la noche. A veces con solo oler el café. Marga me preparaba infusiones de jengibre y me traía galletas secas para calmarme el estómago. No decía nada, pero yo veí