La noche llegó sin pedir permiso.
Habían pasado dos días desde lo del despacho. Dos días en los que Henrik y yo apenas habíamos cruzado palabra. No porque estuviéramos enfadados, sino porque ninguno de los dos sabía qué decir después de aquella caricia. Después de aquel silencio cargado de cosas que no nos atrevíamos a nombrar.
Pero el calendario no entiende de silencios. Ni de caricias. Ni de dudas.
Esa noche, cuando Henrik entró en la suite, supe lo que iba a pasar antes de que dijera nada. L