El médico terminó de suturar a Ciro con una expresión que oscilaba entre la resignación y el enfado. Esta vez no le dijo que guardara reposo. Supongo que ya había aprendido que era inútil. Se limitó a cambiarle el vendaje, recetarle más antibióticos y marcharse murmurando algo sobre la terquedad de los Cavalli.
Cuando la puerta se cerró, Ciro me miró desde la cama.
—No me digas nada.
—No pienso decirte nada —dije.
—Mientes.
—Sí. Pero no voy a decírtelo ahora. Estás herido.
—Estoy bien.
—No está