No quería una boda grandiosa.
Se lo dije a Ciro desde el primer momento. Nada de salones enormes, ni de cientos de invitados, ni de alianzas políticas disfrazadas de celebración. Ya habíamos tenido suficiente de eso. Esta boda no era un movimiento estratégico. No era una farsa para protegerme. Esta boda era real. Y quería que fuera íntima. Solo nosotros. Solo los nuestros.
—Como quieras —dijo Ciro—. Pero te advierto una cosa.
—¿Cuál?
—Vas a estar guapísima. Y no voy a poder quitarte los ojos de