Al final sí me dormí.
Lo último que recordaba era el techo oscuro y la respiración de Dante a mi lado. Supongo que el agotamiento pudo más que el miedo. O quizás fue otra cosa. El caso es que cuando abrí los ojos, la cama estaba vacía.
Toqué las sábanas frías con la punta de los dedos. Él se había ido hacía rato. Miré el reloj: las tres de la madrugada.
Fue entonces cuando la oí.
Una melodía suave, distante, que se colaba por las paredes como un susurro. Me incorporé. No era música grabada. Alg