El día llegó.
El plan estaba trazado. Los hombres, preparados. Las armas, listas. Ciro había aceptado que yo fuera, pero cada vez que me miraba, veía la inconformidad en sus ojos. No le gustaba. No quería tenerme allí. Pero yo ya no era la mujer que necesitaba que la protegieran de todo. Yo podía luchar. Y esta era mi lucha.
Esa noche, antes de salir, entré en la habitación de Cael. Estaba dormido, abrazado a su almohada, con el pelo revuelto y la respiración tranquila. Me senté a su lado, le a