Todo pasó en un instante. Y a la vez, todo pareció transcurrir a cámara lenta.
El cañón de la pistola de Iván apuntaba directamente a mi pecho. Podía ver el negro absoluto del agujero, la muerte aguardando al otro lado. Mi corazón se detuvo. Mi respiración también. El mundo entero se redujo a ese círculo oscuro.
—Iván, no tienes por qué hacer esto —dije, con la voz temblorosa pero firme—. Ya perdiste. Déjanos ir. Esto se acabó.
—¿Perder? —Soltó una carcajada amarga, casi demente—. Esto no ha te