A medida que avanzaba la mañana me sentía el cuerpo mucho mejor.
El resfriado seguía molestándome un poco, pero la fiebre había desaparecido. Rosa me llevó el desayuno a la habitación junto con la medicina que le había pedido y, cuando estaba terminando de comer, llamaron a la puerta.
—Adelante.
Uno de los hombres de Ciro entró con un sobre en la mano.
—Señora, esto llegó para usted.
Fruncí el ceño.
No esperaba correspondencia, pero podía ser del pueblo.
Tomé el sobre.
El papel era grueso. El