Pasó una semana.
Siete días en los que apenas salí de mi habitación. Marga seguía subiendo la comida, aunque ya no insistía tanto para que comiera. Supongo que se había rendido, igual que yo. La señora Kessler aparecía de vez en cuando para darme algún recado. Henrik no volvió a visitarme. Estaba sola con mis pensamientos, que era peor que estar acompañada.
El moretón del brazo por las inyecciones fue desapareciendo. El dolor del vientre también. Pero el peso en el pecho no se iba con nada.
Una