La señora Kessler me acompañó hasta la suite de Henrik sin decir una palabra. Sus tacones resonaban en el pasillo como un reloj marcando los segundos. Cada paso me acercaba más a algo que no quería hacer, pero de lo que ya no podía escapar.
—El señor Blackwood la espera —dijo al llegar a la puerta.
Y se fue.
Me quedé plantada frente a la puerta, con las manos apretadas contra el pecho. La madera era oscura, maciza, con el mismo logo de los Blackwood grabado en la parte superior. Todo en esa cas