Los primeros rayos del sol apenas acariciaban la aldea cuando Tala cruzó el sendero principal. Su andar era sereno, pero su corazón no. Había algo distinto en el aire, en las miradas, en los murmullos apenas audibles que parecían seguirla como una sombra invisible.
Los miembros de la manada se apartaban sutilmente a su paso. Algunos bajaban la mirada, otros la sostenían unos segundos más de lo habitual, cargados de una mezcla de respeto, miedo e incertidumbre. Incluso los más ancianos —esos que