POV: Zoé Dupont
El dolor fue lo primero que regresó. No era el fuego agudo del impacto, sino un latido sordo y profundo en mi abdomen, como si me hubieran cosido una piedra caliente bajo la piel. Luego vino el sonido: el bip-bip rítmico de un monitor cardíaco.
Y finalmente, sentí... algo más.
No era un sonido ni un olor. Era una presencia. Una vibración constante en el centro de mi pecho, un hilo invisible pero indestructible que tiraba de mí hacia la derecha.
Abrí los ojos con dificultad. La luz de la UCI era tenue. Estaba viva.
Giré la cabeza hacia donde me indicaba ese extraño tirón magnético.
Lucien estaba allí.
El todopoderoso Alfa de los Alpes estaba desplomado en una silla de plástico incómoda, con la cabeza apoyada en el borde de mi cama, dormido. Se veía terrible. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos, una barba de dos días sombreaba su mandíbula y llevaba la misma camisa blanca rota y manchada de sangre seca de la noche de la batalla.
Su mano grande envolvía la mía, sus dedos e