Mundo ficciónIniciar sesiónEl susurro de Adán aún retumbaba en mi oído cuando la cremallera cedió. La seda de mi vestido cayó como una caricia líquida hasta desplomarse a mis pies. Quedé expuesta, temblando en una lencería de encaje que parecía insuficiente ante la intensidad de su mirada.
Él no se detuvo. Sus manos me despojaban de la tela mientras su boca trazaba un sendero de besos húmedos y calientes por mi hombro, descendiendo con una lentitud tortuosa. El contraste entre el aire frío del reservado y el calor abrasador de sus labios me sacó un jadeo del pecho.
Sin romper el compás de la música que retumbaba en el piso, me tomó del talle. Me guió con firmeza hasta el sillón de piel negra y me empujó hacia atrás. Caí sobre la superficie helada.
Antes de que pudiera asimilar la fricción del cuero contra mi piel, me tomó de las muñecas. Con precisión brutal, me giró y pasó mis brazos detrás de mi espalda.
Escuché el sonido seco de la hebilla metálica desabrochándose y el cuero de su cinturón deslizándose con prisa. En cuestión de segundos, rodeó mis muñecas con la correa de piel, tirando con fuerza y ajustando la hebilla con una firmeza impecable que no me dejó el menor margen de movimiento.
El pánico borrachín y la excitación me apretaron la garganta.
—Al menos... dime tu nombre —susurré, con la respiración cortada mientras intentaba zafarme en vano del nudo.
Él se inclinó despacio, pegando su boca a la curva de mi oreja antes de susurrar con esa voz grave que me hacía vibrar entera:
—Me llamo Adán, princesa.
Tragué saliva, mirándolo con la vista nublada por el alcohol y el deseo.
—Como el primer hombre... —articulé con un hilo de voz.
Una sonrisa lenta, oscura y peligrosa se le dibujó en los labios.
—Digamos que seré el primer hombre que te haga sentir mujer de verdad.
La frase retumbó dentro de mí como un disparo. Me obligó a recostarme. Atrapada. Inmovilizada. Completamente a su merced. Se posicionó entre mis piernas y me fijó con esos ojos claros que parecían atravesarme la carne.
Lo que siguió fue un asalto directo a mis sentidos. Nada de la torpeza ni la frialdad a la que estaba acostumbrada en mi ordenada vida aristócrata. Esto era dominio puro.
Su boca volvió a mi cuello. Mordisqueó la piel sensible debajo de la oreja mientras sus manos descendían por mi abdomen. Bajó a mis muslos. Dejó besos lentos, pesados, que subían por la parte interna de mis piernas, erizándome en olas violentas.
El peso de su cuerpo marcaba el ritmo del bajo retumbando en mi espalda. La prisión de la piel de su cinturón en mis muñecas generó un cortocircuito en mi cabeza.
Sensaciones jamás sentidas. Un abismo desconocido de placer, vulnerabilidad y control absoluto. La experiencia me quemaba la sangre, borrando mi apellido, mi orgullo y mi venganza.
Sus manos continuaron su recorrido atormentador. Delinearon la curva de mis caderas con una presión que me obligaba a arquear el torso. Mis muñecas se tensaban contra el cuero con cada roce.
Inclinó el rostro. Se detuvo a milímetros de mi boca. Su respiración agitada chocaba contra la mía.
—¿Qué es lo que quieres, princesa? —murmuró con una autoridad oscura, trazando círculos sobre mi piel.
Tragué saliva. El aire se me escapaba. No quedaba rastro de la altanería con la que había entrado al club. Solo una necesidad hambrienta.
—Quiero sentir... —la voz me salió como un hilo roto—. Quiero sentirme deseada.
Una sonrisa inclinada y peligrosa se le dibujó en los labios.
—Tus deseos son órdenes.
Sin romper el contacto visual, sus manos subieron al sujetador. Apartó la tela con destreza, liberando mis senos al aire frío. Un jadeo se me atoró en la garganta antes de que su boca se abriera paso.
Atrapó uno de mis pezones. Lo succionó con una fuerza caliente que envió una descarga eléctrica a mi vientre. Solté un gemido ahogado, apretando las manos atadas.
No tuvo piedad. Sus dientes mordisquearon la punta con la brusquedad exacta antes de pasar al otro lado, devorándome a besos y lengüetazos.
Mientras su boca me destruía arriba, sentí la presión de su cuerpo entre mis piernas. Su mano descendió sin tregua.
Deslizó los dedos por debajo de mi lencería. El calor que encontró le sacó una risa baja, oscura y vibrante.
—Mírate... —susurró contra mi oído, hundiéndose en mi centro empapado—. Estás tan mojada, princesa. Es ridículo.
Apretó la presión justo donde me estaba volviendo loca. Solté un gemido que rebotó en las paredes.
—¿Cómo carajos es posible que no te sientas deseada? —habló sucio, pegando su boca a mi garganta mientras imponía un ritmo despiadado—. Una mujer como tú chorreando así en el sillón de mi club... por un hombre que ni siquiera conoce. Mira cómo tiemblas solo porque te puse la mano encima.
Cada palabra golpeaba mi orgullo, pero la textura de su voz solo me encendía más. Sus dedos entraban y salían, jugando con el pliegue sensible hasta hacerme perder la razón.
—Mírame cuando te hablo —ordenó, mordiéndome la barbilla—. Quiero que veas quién te tiene así. No eres ninguna dama intocable aquí arriba. Eres mía mientras estés amarrada a este sillón. Vas a responder exactamente como yo quiero.
Me retorcí contra el cinturón, con la respiración rota y los ojos fijos en los suyos.
El ritmo de sus dedos se volvió brutal. Implacable. No me estaba acariciando; me estaba sometiendo.
Me agarró del cuello con una sola mano. No llegó a ahogarme, pero me fijó la cabeza contra el cuero para que no pudiera moverme un milímetro. La presión cortó mi aire, disparando las pulsaciones.
—No te atrevas a cerrar los ojos —ordenó con una voz que sonó como un látigo—. Me vas a mirar a la cara mientras te deshaces en mi mano.
Apretó los dedos con más fuerza contra mi centro. Frotó y penetró con una velocidad que me sacó un alarido violento. Me retorcí en vano. Entre el cinturón atrapándome los brazos y la garra firme en mi garganta, estaba inmovilizada.
—Aquí no mandas tú, aristócrata —susurró, clavando los dientes en la unión de mi cuello y mi hombro.
El dolor del mordisco se mezcló con el placer que explotaba entre mis piernas. Solté un gemido sordo.
—No me importa de qué cuna vienes ni cuánto dinero tienes. En esta habitación eres mía. Haces lo que yo diga, respiras cuando yo te deje y te corres solo cuando yo te dé la orden. ¿Entendiste?
Inclinó la cabeza hacia atrás apenas unos centímetros. Apretó el agarre en mi cuello.
—Dilo. Dime quién manda aquí.
—Tú... —articulé con el poco aire que me quedaba, con lágrimas de sumisión amenazando con salir—. Tú mandas, Adán.
Una sonrisa amarga y carente de piedad se le dibujó en el rostro.
—Buena chica.
Aceleró el ritmo de sus dedos con una intensidad salvaje. Me llevó directo al abismo sin darme un segundo para respirar.
Estaba rozando el límite. El pecho se me contraía en espasmos. Un calor abrasador me inundó la cabeza. Mi cuerpo entero se tensó, listo para estallar.
Y entonces, congeló la mano.
Se detuvo de golpe. Dejó sus dedos inmóviles dentro de mí, presionando pero cortando el movimiento que necesitaba con desesperación.
—No... por favor... —solté en un gemido ahogado. Intenté empujar mis caderas, pero su mano en mi cuello me aplastó contra el sillón.
—Ni te muevas —sentenció con una voz helada—. No te di permiso para correrte.
El dolor de la interrupción fue casi físico. Una agonía insoportable. Un vacío hirviendo entre mis piernas que me hizo perder la última chispa de compostura.
La impotencia, el cuero enterrándose en mis muñecas y la sobreestimulación rompieron mi orgullo en pedazos.
Las lágrimas me brotaron de los ojos. Rodaron calientes por mis mejillas. Lloraba de pura frustración, de éxtasis acumulado, completamente reducida a nada.
—Por favor... —supliqué con la voz hecha pedazos—. Por favor... te lo pido... déjame.
Me observó desde arriba. Disfrutó de cada lágrima, de cada temblor de mi cuerpo sumiso. Sus ojos claros brillaron con una satisfacción oscura al ver a la aristócrata reducida a un mar de ruegos.
—Así me gusta, princesa... rogando como debes —murmuró, inclinándose para lamer la sal que caía por mi pómulo.
Embestió de nuevo. Esta vez no hubo pausa.
Frotó con una brutalidad calculada, un ritmo acelerado y hambriento que me hizo soltar un grito desgarrador.
El clímax me golpeó como un impacto.
Mi cuerpo se arqueó salvajemente contra el cuero. La correa de su cinturón apretó con fuerza tras mi espalda. Me deshice por completo en su mano.
Un orgasmo devastador me dejó convulsionando, sin aire y flotando en el abismo. La mezcla de alcohol, la liberación física y el agotamiento hicieron que la cabeza me diera vueltas. Lo último que sentí antes de que todo se fuera a negro fue la presión de su cinturón cediendo al soltarme las muñecas, y sus brazos fuertes rodeándome para sostenerme contra su pecho mientras perdía el conocimiento.







