Mundo ficciónIniciar sesiónAdan.
Abrí el broche de mi pantalón. Liberé mi miembro, rígido y caliente. La fijé con la mirada. Apreté la base y me masturbé ahí mismo, a su lado, marcando un ritmo denso. Implacable.
Victoria intentó enfocarme con los ojos borrosos y la boca entreabierta. La crudeza de la escena la dejó helada. Tomaba mi propio placer sobre ella, sin tocarla, invadiendo todo su espacio.
Aceleré la mano. La tensión en la habitación se volvió sofocante. El clímax me alcanzó en un golpe seco. Un gruñido se me escapó del pecho y me derramé sobre ella, dejando mi semen denso y caliente repartido en la curva de sus senos expuestos.
Tomé aire. Me acomodé la ropa con frialdad y sali del privado
Bajé los escalones de madera a paso firme. El humo, las luces y el bajo retumbante me recibieron de vuelta. Me apoyé en la barra.
—Un whisky. Solo —ordené al bartender.
Tragué el líquido de un golpe. El ardor me bajó raspando la garganta mientras la adrenalina se asentaba.
Movimiento en las escaleras. Alcé la vista.
Victoria intentaba fingir postura, pero venía despeinada, con la seda arrugada y la mirada fija en el suelo. Apretaba el bolso contra el pecho, temblando, apurando el paso. Cruzó la salida a toda prisa, devorada por la noche.
Alcé la mano y llamé a Mateo, quien se acercó de inmediato a la barra.
—Si esa mujer regresa —le dije con voz firme, fijando mi mirada en la suya—, no importa el día ni la hora, me llamas al instante.
Mateo me miró un segundo, sorprendido por la contundencia de mi orden, y soltó una pequeña sonrisa.
—¿Tanto le gustó, jefe? —preguntó en tono confidencial.
—Esa mujer no debe ser tocada por nadie que no sea yo —sentencié en un susurro frío que no dejó espacio a dudas.
—Entendido, jefe. No se hable más —asintió Mateo, retirándose a atender las mesas.
En ese momento, sentí un toque en el brazo. Giré el rostro y vi a Valeria. Llevaba un vestido ajustado y absurdamente corto que apenas le cubría los muslos. Me tomó de la mano, pegando su cuerpo al mío, y se inclinó hasta mi oído.
—Estoy muy caliente... quiero coger contigo ahora mismo —me murmuró al oído con la voz agitada, pasándome las uñas por la palma de la mano.
No dije una palabra. La tomé de la mano y la guié directo hacia la zona ejecutiva, subiendo las escaleras hacia mi despacho.
Entramos a la oficina. Cerré la puerta tras de nosotros con seguro, dejando el ruido del club fuera.
Me acerqué al escritorio antes de tocarla. Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón y mis dedos tropezaron con el tacto frío y fino de la cadena. La saqué despacio: el collar de oro blanco de Victoria, el que se le había soltado en el sillón mientras se retorcía amarrada. Lo guardé en el cajón superior y le pasé la llave.
Esa mujer notaría la pérdida tarde o temprano, pero había dejado una parte de ella en mi territorio. Si lo quería de vuelta, tendría que venir a buscarlo.
—¿Vas a hacerme esperar? —soltó Valeria desde el centro del despacho, bajándose la cremallera del vestido corto. La tela cayó al suelo en un segundo, dejándola completamente desnuda bajo la luz tenue.
Caminó hacia el escritorio con la cadencia de una felina y se apoyó sobre la madera, inclinándose hacia mí.
Una risa amarga y descarada se me escapó del pecho.
Me puse de pie de un solo movimiento. Saqué un condón del cajón, me lo puse con rapidez clínica y la tomé del cabello por la nuca con brutalidad para estamparla de frente contra la mesa de madera. El impacto sacó un jadeo agudo de su garganta.
Le levanté la cadera con brusquedad y la embestí de un solo golpe, seco y despiadado, penetrándola sin un solo segundo de anestesia.
Valeria soltó un gemido ahogado, clavando las uñas en la madera barnizada mientras yo marcaba un ritmo salvaje, duro y violento desde atrás. Le sujeté la cintura con fuerza, dejando marcas rojas en su piel mientras el sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en el silencio de la oficina.
Pero mientras la embestía sin piedad, mis ojos no estaban en ella.
Tenía la mirada fija en el cajón superior del escritorio, donde acababa de guardar la cadena de oro. En mi cabeza no estaba el rostro de Valeria ni sus gemidos. Solo la veía a ella.
Recordaba el sabor de sus lágrimas, la calidez de su centro apretando mis dedos y la forma en que se retorcía amarrada al cinturón, rogándome por un poco de piedad.
Aceleré el ritmo con una furia desmedida, utilizando el cuerpo de Valeria como un burdo sustituto para aplacar la sed que la aristócrata me había dejado encendida en las entrañas.
Un par de embestidas más, profundas y despiadadas, y el clímax me alcanzó en un gruñido sordo. Me desagué dentro del látex, apretando los dedos en sus caderas hasta sacarle un último gemido agudo.
Me retiré de golpe. Me quité el condón con rapidez clínica, le hice un nudo y lo tiré al cesto de basura. Ajusté mi pantalón y me abroché el cinturón sin tomarme un segundo para respirar.
Valeria, aún agitada y con la piel enrojecida, intentó incorporarse. Se giró en el escritorio y estiró la mano para tocarme el pecho, buscando un instante de intimidad que no le pertenecía.
—Adán... —murmuró con la voz entrecortada, intentando acercarse a mi rostro.
La esquivé antes de que me rozara. Saqué mi cajetilla de cigarrillos del bolsillo interno del saco, encendí uno y solté una densa nube de humo gris hacia el techo.
—Lárgate —solté con una voz tan helada que cortó el aire de la habitación.
Valeria se congeló, con la mano suspendida en el aire. La humillación le cruzó el rostro en un destello.
—Conoce tu lugar, Valeria —continué sin siquiera mirarla, dejando rodar el humo entre los labios—. Vístete y vuelve a trabajar a la barra.
Apretó los labios con rabia contenida, pero no se atrevió a replicar. Recogió su vestido corto del suelo a toda prisa, se lo enfundó sin gracia y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.
Al quedarme solo, el silencio de la oficina volvió a sentirse pesado.
Caminé hacia el escritorio y di una última pitada al cigarrillo antes de aplastarlo en el cenicero de cristal. Saqué la pequeña llave de mi bolsillo, la introduje en el cajón superior y lo abrí.
Tomé la cadena de oro blanco. Dejé que el metal fino se deslizara entre mis dedos, sintiéndolo frío contra mi piel. Lo alcé a la altura de mis ojos, viendo cómo la luz tenue del despacho brillaba sobre los eslabones.
Una sonrisa oscura, descarada y llena de veneno se me dibujó en el rostro.
—Ay, Victoria... —murmuré en la soledad de la oficina, con la voz cargada de una anticipación siniestra—. No sabes lo mucho que voy a disfrutar cogerte hasta cansarme... y después hacer que tu intento de esposo lo sepa.
Guardé la cadena en el bolsillo con sumo cuidado, me serví otro trago de whisky y me apoyé contra el cristal ahumado, esperando pacientemente el momento en que la princesa volviera a caer en mi red.







