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Capitulo 2: Bajo mis términos

Adan

Me serví un vaso de whisky y me aflojé la corbata. Había sido un día pesado en la empresa, lleno de juntas insoportables, y este club no solo era mi negocio más lucrativo, sino mi santuario de desahogo.

Caminé hacia el ventanal de cristal ahumado de mi oficina y la vi.

Una rubia se subía al escenario central. Me acerqué al cristal y el shock me duró apenas un segundo: era Victoria. La reconocí al instante por los retratos que el estúpido de Julian Sinclair tenía en su escritorio, ese idiota que se ahogaba en deudas conmigo mientras fingía un matrimonio perfecto. Pero la mujer en mi pista no era una esposa trofeo. Estaba rota, borracha y desinhibida.

Su baile era torpe, salvaje, impulsado por pura rabia. Se desabrochó los primeros botones del vestido de seda, exponiendo la pálida curva de sus pechos mientras se contoneaba. Dios, era hipnótica. Ver a esa aristócrata tan vulnerable, descarada y fuera de control me provocó un encanto inmediato, mezclado con una erección dura y pesada.

La vi bajar tropezando hacia los reservados. Salí a paso firme y corté a Mateo en el pasillo antes de que fuera a buscar a un bailarín.

—No vas a buscar a ninguna m****a —le ordené—. Envía la botella y vuelve a tu trabajo. Yo me encargo.

Ajusté los gemelos de mi traje y caminé al reservado. Al entrar, pasé el seguro. El clac de la cerradura resonó seco.

Ahí estaba la rubia de la cuna de oro. Tenía los hombros rígidos, el pecho agitado y los nudillos blancos. Estaba fascinado con ella, de verdad. Había pagado por meterse a la jaula sin darse cuenta de que la puerta acababa de quedarse cerrada por dentro.

—Así que tú eres la aristócrata que tiene tanto dinero para gastar esta noche —solté con una sonrisa entretenida.

Ella me miró de arriba abajo con la vista borrosa, deteniéndose en las solapas de mi saco de diseñador, la corbata impecable y mi reloj.

—Con ese traje no pareces un stripper —soltó arrastrando las palabras, alzando la barbilla con un descaro absurdo.

—No lo soy —respondí con voz grave, dando un paso lento hacia ella—. Soy el dueño de este lugar... y de hecho, soy el jefe de tu esposo.

Victoria me miró fijamente un segundo y soltó una carcajada sonora, una risa torpe y desbordada por el alcohol, negando con la cabeza como si acabara de oír la ocurrencia más graciosa del mundo.

—¡Ay, por favor! —se burló, dando un paso inestable hacia mí y tocándome el pecho con la punta del dedo—. Qué juego de rol tan elaborado... "el jefe de mi esposo". Me encanta, qué gran actuación.

Se mordió el labio con una coquetería torpe y soltó con total impunidad:

—Entonces, "jefe de mi esposo"... desnúdate de una vez. Te estoy pagando para eso.

Me quedé mirándola, absolutamente encantado con su audacia ebria y la ironía de la situación. Esta mujer no tenía la menor idea del juego peligroso en el que se estaba metiendo.

—Princesa, no es ningún juego —murmuré, inclinándome hasta que mi aliento le rozó la oreja—. A mí no me pagas para quitarme la ropa. Viniste porque quieres destruir algo.

—Vine porque quiero tener sexo —espetó con urgencia, perdiendo la paciencia—. Eso es todo. Así que quítate la ropa.

—Mi club no es un burdel y yo no me vendo por un par de billetes —dije con calma implacable, disfrutando de cada uno de sus gestos.

Un rubor de humillación le cubrió el cuello al procesar mis palabras. La realidad del rechazo le pegó de golpe.

—Disculpa... qué mal juego —murmuró entre dientes, intentando huir hacia la puerta.

Antes de que la tocara, la tomé del brazo y la stamped contra la pared de madera. Su espalda chocó con un golpe seco y quedé a milímetros de su rostro, atrapándola entre el muro y mi cuerpo.

—Pagaste por un servicio, mi amor... y lo vas a recibir bajo mis términos.

Enganché la cremallera de su vestido y la fui bajando despacio, exponiendo su piel al aire frío. Ella ahogó un jadeo y me atrapó las muñecas con manos temblorosas.

—No... detente... —alcanzó a murmurar con la voz rota.

Le sujeté las manos con firmeza por encima de su cabeza. Me incliné sobre su cuello, atrapando el lóbulo de su oreja entre mis dientes.

—No te voy a coger, princesa —le susurré al oído, con la voz tan grave que la hizo temblar de pies a cabeza—. Solo déjate llevar.

Y bajé mis labios a su garganta, marcando cada centímetro de su piel mientras su aliento agitado chocaba contra mí.

Y bajé mis labios a su garganta, marcando cada centímetro de su piel mientras su aliento agitado chocaba contra mí. Sentir su cuerpo menudito y aristocrático rindiéndose al tacto de mis manos me sacó un pensamiento amargo y placentero a la vez.

Me preguntaba qué cara pondría el imbécil e inútil de Julian si supiera esto.

Ese bastardo de m****a se pasaba las semanas sudando frío en mi oficina, suplicándome tiempo y arrastrándose como una rata para que no le ejecutara las garantías de su deuda millonaria. Y ahora, sin sospecharlo en lo absoluto, su adorada y pulcra esposa de alcurnia estaba en un privado de mi club, ebria, con la piel expuesta y empezando a pagar los intereses de su m****a de marido sin siquiera darse cuenta.

Una sonrisa helada y satisfecha se me dibujó contra el cuello de Victoria. Esta noche solo era el abrebocas. La dibuje como quise entre mis brazos mientras ella gemía en voz baja, sabiendo que, a partir de hoy, los Sinclair me pertenecían completos.

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