Regina miró el teléfono. Las seis y cuarenta. ¿Cómo era posible que no hubiera vuelto?
Quiso mandarle un mensaje para saber dónde estaba, pero recordó el coraje que él le había hecho pasar al mediodía y desechó la idea. El aburrimiento la hacía darle demasiadas vueltas a las cosas.
Seguía muy inquieta; para intentar calmarse un poco, encendió la televisión.
El reality que normalmente disfrutaba tanto, ahora no lograba captar su atención. Consultaba la hora en el móvil a cada instante. Las siete.