Justo cuando Regina iba a decir algo, el celular sonó en su bolso. Lo sacó y vio que era Leo. Contestó.
—¿Qué pasó? ¿Está todo bien? —se escuchó la voz de Leo al otro lado.
Estaba a punto de responder, pero Sebastián le quitó el celular de la mano y colgó la llamada. Lo miró, y entonces le devolvió el celular. Regina lo tomó y lo guardó de nuevo en su bolso.
El tráfico los tenía atrapados, con carros detenidos tanto delante como detrás. Ninguno de los dos dijo nada más por un buen rato, sentados en silencio.
Sin pensarlo, buscó un cigarrillo, pero recordó que a Regi no le gustaba que fumara, así que se contuvo.
Cuando el semáforo cambió, la fila de carros avanzó lentamente, pero antes de poder cruzar la intersección, tuvo que frenar de nuevo.
El ambiente en el auto era denso y callado. Regina bajó la ventanilla, y la brisa nocturna que entró le ayudó a despejar la mente.
—Perdón —dijo él.
Al escucharlo, Regina se mordió el labio un momento.
—No tienes por qué disculparte conmigo. Entie