Sebastián condujo hasta La Costa. Era uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad.
Regina ya había estado ahí en otra ocasión; la comida siempre era exquisita. Había reservado un salón privado. Al entrar, preguntó:
—¿Todavía no llega?
—Le pedí a Leo que pasara por ella. No deben tardar.
Sebastián le acercó una silla. Estando solos, se sentía un poco apenada, sin saber bien qué hacer.
—¿Quieres jugar una partida?
Sacó su celular. Le pareció que jugar en una situación como esa no era lo más adecuado, pero era mil veces mejor que sostener una conversación forzada. Jugar la ayudaría a relajarse.
Él parecía disfrutar mucho los videojuegos. Regina asintió y, sacando su propio celular, se unió a su equipo.
Una partida solía durar, como mínimo, media hora. Jugaron dos seguidas, así que el tiempo voló. La madre de Sebastián seguía sin aparecer. Habían llegado a las cinco y media y ya eran casi las siete. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecer. Sebastián hizo una llamada.
—¿No te dije q