Regina compró una botella de agua en el supermercado que estaba frente a su edificio. Se enjuagó la boca varias veces, pero la sensación de náuseas no desaparecía del todo. Estaba de muy mal humor, así que buscó una banca en la calle y se sentó.
En ese momento, su celular sonó. Vio que era una llamada de Sebastián e intentó recomponerse antes de contestar. Se llevó el celular a la oreja.
—¿Se arregló lo de ayer? —preguntó en voz baja.
La respuesta al otro lado de la línea fue cálida.
—No fue nada, no te preocupes.
Ella apenas murmuró una afirmación.
—¿Tienes la voz rara, estás bien?
Se sorprendió de que lo hubiera notado. El recuerdo de lo que Gabriel le había hecho la asaltó de nuevo, como si la marca de la agresión todavía estuviera en sus labios. Se sintió culpable y, tras un instante de duda, respondió en voz baja:
—No, para nada. Estoy bien.
—¿Tienes algo que hacer hoy en la noche? Mi mamá quiere conocerte. Podríamos ir a cenar.
Regina se puso nerviosa.
—¿Hoy?
—Sí, pero si no pued