A la mañana siguiente, Gabriel se despertó con una jaqueca nítida y punzante, la inconfundible secuela de una borrachera.
Se frotó el entrecejo y se incorporó en la cama.
De repente, una voz de mujer lo sorprendió.
—Gabriel, ya despertaste.
El cuerpo se le tensó de golpe. Levantó la cabeza hacia el origen de la voz y, al reconocer la cara de la mujer y el lugar donde se encontraban, su expresión atractiva se ensombreció.
—¿Qué haces aquí?
—Andrés me llamó anoche. Me dijo que viniera, que no quer