Regina otra vez no pudo dormir en toda la noche.
Cada vez que lograba conciliar el sueño, las pesadillas la asaltaban: el dolor en el vientre, el recuerdo del hijo que había perdido.
Tras despertarse llorando por tercera vez, ya no se atrevió a volver a dormir. Se incorporó, se vistió y se quedó sentada en el sofá, con la mirada perdida. Esperó a que amaneciera, pero no sentía ganas de salir, así que permaneció allí, inmóvil en la habitación.
Sintió el vacío del hambre en el estómago y, aun así,