El asistente tocó y entró.
—Señor Solís, abajo está la señorita Morales. Dice que es amiga suya y que le gustaría verlo.
Señorita Morales. ¿Regina?
A Gabriel se le aceleró el pulso y ordenó:
—Que suba.
—Claro, señor Solís.
En cuanto la asistente salió, una sonrisa se dibujó en sus labios. Sin embargo, su buen humor se desvaneció al pensar en el posible motivo de la visita de Regina, y su cara se tensó.
Poco después, la puerta de la oficina se abrió y una mujer entró con paso firme sobre sus taco