Lo pensara como lo pensara, todo era su culpa.
Era su culpa que ella estuviera sufriendo de esta manera.
Se sintió culpable y su expresión se suavizó al instante. Con delicadeza, metió la mano bajo las sábanas.
—Descansa, no pienses en nada más.
Regina solo recordaba la sangre, muchísima sangre, poco antes de desmayarse. Era sangre que había salido de su propio cuerpo.
Había perdido tanta sangre.
—Mi bebé… ¿está bien?
A Maximiliano le molestó ver cuánto le importaba ese bebé. No soportaba que se