La cabeza de Regina era un caos. Estaba tan enojada y triste que le era imposible ir a trabajar.
Caminó sin rumbo por la calle hasta que vio una banca junto a un jardín y se sentó.
No podía contener las lágrimas.
Había confiado tanto en él; jamás se le ocurrió que pudiera engañarla.
Mientras más lo pensaba, peor se sentía. Sumergida en su propio mundo, no se percató de que la gente a su alrededor la estaba mirando.
Una sombra la cubrió. Frente a ella aparecieron unos zapatos, y al mismo tiempo,