El aire olía a humedad y piedra vieja. Lyra despertó lentamente, sintiendo cómo su cuerpo se hundía en una manta áspera y fría. Todo estaba borroso. Su respiración era corta, cada inhalación le quemaba el pecho como si el aire fuera demasiado denso. Intentó mover el brazo, pero un punzante dolor la obligó a soltar un gemido. La pierna le ardía, un fuego interno que no podía apagar.
—¿Dó… dónde…? —murmuró, pero su voz fue apenas un susurro.
Un pequeño movimiento frente a ella la hizo abrir los o