Lyra seguía recostada sobre la cama improvisada, hecha de mantas ásperas y pieles viejas. La pierna aún le dolía como si el fuego la consumiera desde dentro. Cada tanto, el ardor subía hasta la cadera, haciéndola apretar los dientes y contener un gruñido.
El refugio era oscuro, pero no tanto como la primera vez que abrió los ojos. Ahora sus pupilas se habían acostumbrado a la poca luz. En las paredes, antorchas colgaban dentro de huecos tallados en la roca. El aire olía a humedad, metal y ceniz