La oscuridad que envolvía la mente de Elora no era un vacío pacífico; era un hervidero de visiones distorsionadas. Bajo el efecto del brebaje que Lysandra la había obligado a beber, las paredes del despacho de Alaric parecían respirar, y el techo de cristal se sentía como el peso del océano hundiéndose sobre ella.
El sabor metálico del acónito y la sangre de los Thorne seguía quemando sus papilas gustativas, una invasión que reclamaba su cuerpo desde adentro.
Cuando finalmente logró abrir los o