Muevo las caderas para recibir cada uno de sus embistes y él acerca su boca hacia la mía y me toma los labios sin prisa, moviendo la lengua al ritmo de sus caderas.
Yo jadeo y le clavo las uñas en los brazos. Tengo que dejar de marcarlo y de hacerle sangre. El pobre hombre acaba herido casi siempre. Me penetra con lentitud, traza un círculo en mi interior y vuelve a sacarla muy despacio, una y otra vez. No aguantaré mucho más. ¿Cómo consigue hacerme esto?
—¿Te gusta? —susurra.
—Demasiado