Qué sensación tan maravillosa. Restriego la nariz y la boca por sus pectorales y le acaricio la espalda con los dedos. Oigo sus lentos latidos. Exhala y se pone de pie. Me coloca sobre la encimera de la isla y se coloca entre mis muslos con las manos apoyadas sobre ellos.
—Me gusta tu camisa —dice al tiempo que me frota las piernas.
—¿Es cara? —pregunto con sorna.
—Mucho —sonríe. Ha captado mis intenciones—. ¿Qué recuerdas de anoche? Vaya. Pues que estaba como una cuba y más caliente que u