—Dímelo —insisto.
—Addison, olvídalo —dice con voz severa.
Suspiro, me despego de su pecho y lo miro apesadumbrada.
—Vale. Tengo que lavarme el pelo.
Me aparta los mechones mojados de la cara y me besa los labios.
—¿Tienes hambre ya?
La verdad es que sí. El polvo resacoso me ha abierto un apetito voraz.
—Muchísima. —Me levanto y tomo el champú—. ¿Esto es todo? —Observo la botella, y después a Nick—. ¿No tienes acondicionador?
—No, lo siento. —Se levanta también del suelo de la ducha, me