—Tú y yo —dice, y me busca los labios y me besa con ansia—. No nos peleemos más. —Y con un fuerte movimiento de caderas, embiste hacia arriba y me llena hasta el fondo. Con un rugido, apoya la mano de nuevo en la pared junto a mi cabeza.
—¡Dios! —grito.
—No, nena, soy yo —masculla entre potentes arremetidas que me empotran más y más contra las baldosas de la pared—. Te gusta, ¿verdad?
Le clavo las uñas en la piel para intentar agarrarme, pero el agua, que no deja de caer sobre su espalda,