Doy un respingo y salpico agua por todas partes. Me encantaría que me echara un polvo de entrar en razón, pero ni aun así voy a dar mi brazo a torcer.
—También prometiste dejar de echarme polvos de entrar en razón porque acordamos que su único propósito era que yo te diera siempre la razón. —Empiezo a arrepentirme de esa promesa. El polvo de entrar en razón implicaba sexo duro.
—Amar, respetar y obedecer —susurra, y mi cara se gira sola al oír esa voz grave, suave y ronca. Mi boca no