Me adelanta y me mira a los ojos sin soltarme la muñeca.
—Lo has dicho a propósito —dice.
¡Sí, claro que sí! ¡Igual que él ha venido expresamente al Royal Park para sabotear mi reunión!
Lo miro a través del mar de lágrimas que se agolpan en mis ojos.
—¿Por qué? —Es una pregunta sencilla.
Mira al suelo.
—Porque te quiero.
—Eso no es una razón. —Mi tono sugiere que me siento derrotada. Lo estoy.
Me observa, horrorizado, y me pone firme con su increíble mirada.
—Lo es. Además, tiene fa