—¿Al hospital? —espeta, azorado—. No necesito ningún hospital, Addison.
—Tu mano, sí —le aclaro. Probablemente crea que quiero ingresarlo en una clínica de desintoxicación.
Al ver a lo que me refería, levanta la mano y se la inspecciona. La sangre ha desaparecido, pero sigue teniendo mal aspecto.
—Está bien —gruñe.
—Yo creo que no —protesto con ternura.
—Addison, no necesito ir al hospital.
—Pues no vayas. —Doy media vuelta y me dirijo a la habitación.
Él me sigue, se sienta a los pies