Capítulo 200

De repente, llamaron a la puerta de la habitación.

Por instinto, Hortensia se aferró a la mano de Berta y se refugió entre sus brazos, demasiado asustada para moverse.

Parecía un conejito aterrorizado: los ojos enrojecidos, la mirada perdida y una fragilidad que conmovía a cualquiera.

El corazón de Berta se encogió al verla así.

Jamás permitiría que la persona que había hecho daño a su hija quedara impune.

Ocultando la frialdad que brilló en sus ojos, la consoló con suavidad:

—No tengas miedo.
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