De repente, llamaron a la puerta de la habitación.
Por instinto, Hortensia se aferró a la mano de Berta y se refugió entre sus brazos, demasiado asustada para moverse.
Parecía un conejito aterrorizado: los ojos enrojecidos, la mirada perdida y una fragilidad que conmovía a cualquiera.
El corazón de Berta se encogió al verla así.
Jamás permitiría que la persona que había hecho daño a su hija quedara impune.
Ocultando la frialdad que brilló en sus ojos, la consoló con suavidad:
—No tengas miedo.