HASSAN AL-ÁSAD
El rugido de mi voz aún resonaba en las paredes del palacio. La ira me consumía, un fuego frío que me helaba la sangre, una furia que solo rivalizaba con la que sentía hacia mí mismo. La había buscado por todas partes, rastreando cada rincón, cada sombra. Mi mente, que generalmente era un laberinto de estrategias y cálculos fríos, se había convertido en un torbellino de pánico y remordimiento.
Jamil me había informado que, desde que salí en la mañana, mi mujer había hecho lo mism