HASSAN AL-ÁSAD
Y entonces la vi.
A mi sultana, mi reina.
Mi corazón, que creí inquebrantable, se hizo añicos en mi pecho, desmoronándose como arena fina. Su rostro, antes radiante, ahora era una máscara de dolor y confusión indescriptible. Sus ojos, los mismos ojos en los que veía mi futuro, me miraban con una herida tan profunda que sentí que me ahogaba en mi propia culpa, el aliento atrapado en mi garganta.
— ¡Mi sultana! —escapó de mis labios como una súplica desesperada, un lamento ahogado