CAPÍTULO 86

HASSAN AL-ÁSAD

Me encontraba entre las cuatro paredes de mi despacho, el cansancio se aferraba a mí como una segunda piel. Mis párpados pesaban y un sordo latido martilleaba en mi sien. Masajeé la zona, intentando, en vano, disipar el dolor que se anidaba en mi cabeza.

Cada día de mi vida era un torbellino incesante de decisiones y reuniones, la habitual danza que regía mi existencia como Jeque. Mi único refugio, mi verdadero santuario, eran los brazos de mi sultana que cada noche me esperaban
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