JADE AL-QALA
Los días se arrastraban, cada amanecer una réplica exacta del anterior en su pesadez. El sol se alzaba, pero la luz apenas penetraba la densa bruma de mi incertidumbre. La presencia de Raissa no solo había traspasado el umbral de mi hogar, sino que se había clavado en mi pecho como una daga afilada, y con cada hora que pasaba, giraba un poco más, ahogándome lentamente. El perfume de su victoria aún flotaba en los rincones de mi memoria, un veneno sutil que me corroía.
La explicaci