HASSAN AL-ÁSAD
Tras unos minutos, Jamil nos abrió la puerta. Todos los presentes, al vernos, se pusieron de pie, pero rápidamente fruncieron el ceño al ver a mi mujer a mi lado.
—Alsalam ealaykum —saludó mi mujer, su voz llenando el espacio—. *La paz sea con ustedes*.
—Walsalam ealaykum ya sahib aljalalati —respondieron en coro—. *Y contigo sea la paz, majestad*.
Me llené de orgullo al ver cómo mi mujer, con su porte sereno y la calidez de su saludo, desarmaba momentáneamente la frialdad en el