HASSAN AL-ÁSAD
El día había sido largo, tenso y agotador. Las intrigas en la corte, las constantes batallas políticas con los consejeros más ancianos y la sombra persistente de Salma —que aunque ya no dominaba, seguía intentando manipular a algunos— habían pesado sobre mis hombros como una carga incesante. Pero nada de eso importaba ya. En el momento en que cerraba la puerta de mi despacho, dejando atrás los pergaminos y las voces discordantes, mi mente voló directamente hacia ella, hacia mi Su