La mañana comenzó como cualquier otra. Elisabetta despertó sola, como lo había hecho cada mañana desde la discusión. Se lavó el rostro. Se peinó el cabello. Bajó a la cocina, donde Celestina ya había preparado el desayuno.
No tenía hambre. No había tenido hambre en días.
Celestina la miró con ojos preocupados.
—Señora Macalister, necesita comer.
Elisabetta forzó una sonrisa.
—Lo intentaré.
Tomó un trozo de tostada y lo mordió. Sabía a cartón. Aun así, masticó, porque Celestina la estaba observa