El apartamento de Kim Carpenter era un museo de todo lo que Elisabetta nunca tendría.
Suelos de mármol blanco. Ventanales de suelo a techo con vista a la ciudad. Una lámpara de araña que costaba más que la mayoría de las casas. Kim lo había decorado ella misma, cada pieza elegida para recordar a los visitantes que pertenecía a otro mundo. Un mundo mejor.
Estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono en la mano, esperando.
Sus dos invitadas llegaban tarde. No importaba. Quería que estuvieran