Mundo ficciónIniciar sesiónElena se quedó de pie en el centro de la suite nupcial, con los brazos cruzados sobre el pecho como si pudiera protegerse del silencio que se había tragado la habitación entera.
La puerta se había cerrado hacía apenas un minuto, pero ya parecía que habían pasado horas. El clic del pestillo aún resonaba en sus oídos. Miró la cama —esa cama ridículamente grande, con sábanas de hilo egipcio tan blancas que casi brillaban en la penumbra— y sintió un nudo en el estómago que no era deseo ni expectativa. Era alivio mezclado con una rabia sorda, profunda. No quería acostarse con él. Ni esa noche ni ninguna otra. La idea de entregarle su virginidad a un hombre que no la conocía, que no la amaba, que ni siquiera la miraba como a una persona, le provocaba un pánico frío que le subía por la espalda. Había crecido oyendo las historias de su madre y sus tías: “La primera vez es sagrada”, “Guárdala para alguien que te valore”, “No la desperdicies por obligación”. Y aunque el mundo de las cuatro familias no era precisamente romántico, Elena siempre se había aferrado a esa idea como a un último pedazo de control sobre su propio cuerpo. No iba a perderla así. No con un extraño que la había comprado como parte de un acuerdo. No con alguien que la veía como una extensión de su hermana. Y sin embargo… Aunque no quería que él la tocara, aunque rezaba en silencio para que se mantuviera lejos, el rechazo tan crudo, tan explícito, le dolía de una forma que no esperaba. «Gasta lo que quieras. La única condición es que no te acerques a mí.» Esas palabras se repetían en su cabeza como un latigazo. No te acerques a mí. Como si ella fuera contagiosa. Como si su piel quemara. Como si solo el pensamiento de compartir espacio con ella le diera asco. Elena se acercó al espejo del vestidor y se miró fijamente. Todavía llevaba el vestido de novia, aunque ya se sentía ridícula con él puesto. El encaje le rozaba los brazos como una cárcel bonita. Se llevó una mano al cuello y tocó la piel que él había evitado mirar siquiera. —¿Tan repugnante soy? —susurró al reflejo. No era inseguridad. Era indignación. Ella sabía que era bonita. Sabía que tenía el mismo rostro que Isabella, el mismo cuerpo que había hecho girar cabezas en fiestas y en la universidad de París. Pero para Damián Müller, eso no importaba. Para él, ella era Isabella: la altanera, la derrochadora, la que solo valía por el apellido y por el dinero que podía gastar. Y aparentemente, ni siquiera eso era suficiente para que la considerara digna de un roce. Se quitó el velo con un movimiento brusco y lo arrojó sobre el sofá. Luego empezó a desabrochar el vestido, botón por botón, con dedos que temblaban de furia contenida. Cuando por fin se liberó de la tela pesada, se quedó en ropa interior y se abrazó a sí misma. El aire acondicionado le puso la piel de gallina, pero no era el frío lo que la hacía temblar. Se sentó en el borde de la cama y miró las tres tarjetas negras sobre la cómoda. Brillaban bajo la luz tenue de la lámpara como tres acusaciones mudas. Él había asumido que ella querría gastar. Que el dinero la consolaría. Que con tarjetas ilimitadas podría comprar su silencio, su distancia, su conformidad. Y lo peor era que no se había equivocado del todo… con Isabella. Pero ella no era Isabella. Elena se levantó, tomó las tarjetas y las metió en el cajón de la mesita de noche, boca abajo, como si no quisiera verlas. Luego fue al baño adjunto, se lavó la cara con agua fría hasta que le ardió la piel y se miró otra vez en el espejo del lavabo. Los ojos estaban rojos, pero no lloraba. No iba a llorar por alguien que la consideraba sucia sin siquiera conocerla. Se puso el pijama que había traído en la maleta —una camiseta vieja de la universidad y unos shorts sueltos— y abrió la puerta que comunicaba con la suite de invitados. La habitación era más pequeña, más humana: una cama normal, una lámpara de lectura, una ventana que daba al jardín oscuro. No había espejos gigantes ni camas que parecieran diseñadas para rituales. Se metió bajo las sábanas y apagó la luz. En la oscuridad oyó el mar lejano, el viento contra los cristales, su propia respiración lenta y controlada. Pensó en Damián al otro lado de la mansión, probablemente en su despacho o en su habitación privada, convencido de que había hecho lo correcto. Convencido de que mantenerla lejos era un acto de… ¿decencia? ¿Control? ¿Asco? Y por primera vez desde que había aceptado suplantar a su hermana, Elena sintió algo parecido al orgullo. No la había tocado. No la había forzado. No había fingido deseo. Y aunque el rechazo le dolía como una bofetada, también le daba poder. Porque mientras él la viera como algo sucio, como algo que debía evitarse, ella seguiría siendo dueña de su cuerpo. De su primera vez. De sí misma. Y algún día —quizá cuando descubriera quién era realmente la mujer con la que se había casado— él entendería que el asco no era hacia ella. Era hacia la mentira que él mismo se había tragado. Elena cerró los ojos. Y por primera vez esa noche, durmió sin sueños.






