Elena se quedó de pie en el centro de la suite nupcial, con los brazos cruzados sobre el pecho como si pudiera protegerse del silencio que se había tragado la habitación entera. La puerta se había cerrado hacía apenas un minuto, pero ya parecía que habían pasado horas. El clic del pestillo aún resonaba en sus oídos. Miró la cama —esa cama ridículamente grande, con sábanas de hilo egipcio tan blancas que casi brillaban en la penumbra— y sintió un nudo en el estómago que no era deseo ni expectativa. Era alivio mezclado con una rabia sorda, profunda. No quería acostarse con él. Ni esa noche ni ninguna otra. La idea de entregarle su virginidad a un hombre que no la conocía, que no la amaba, que ni siquiera la miraba como a una persona, le provocaba un pánico frío que le subía por la espalda. Había crecido oyendo las historias de su madre y sus tías: “La primera vez es sagrada”, “Guárdala para alguien que te valore”, “No la desperdicies por obligación”. Y aunque el mundo de las cua
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