Aparté la mirada de ella. No porque hubiera dejado de parecerme extraña. Sino porque no tenía sentido seguir alimentando una teoría que todavía no podía demostrar. Las sospechas no servían de nada si no estaban respaldadas por hechos, y yo llevaba toda mi vida tomando decisiones basadas únicamente en información verificable. Las hipótesis eran para los impulsivos. Las pruebas, para quienes pretendían ganar.
Miré el reloj de acero que descansaba sobre mi muñeca izquierda. Las siete y doce. En