No dormí.
No porque la noche de bodas exigiera algo de mí.
Dormir o no dormir era irrelevante. Simplemente no lo necesitaba.
A las seis de la mañana ya estaba despierto, vestido y en el gimnasio privado del ala oeste de la mansión. El amanecer apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales que daban al mar, tiñendo el horizonte de un gris azulado limpio y silencioso. El aire olía a sal y a acero frío.
Golpeé el saco de entrenamiento una vez más. Y el cuero resonó con un sonido seco en