Mundo ficciónIniciar sesiónLa recepción se prolongó hasta bien entrada la madrugada, como era costumbre en las bodas de las cuatro grandes familias. Elena se movía por el jardín como un fantasma envuelto en encaje: sonreía cuando alguien se acercaba, aceptaba felicitaciones, dejaba que le besaran las mejillas. Pero cada vez que giraba la cabeza, encontraba los ojos de Damián Müller sobre ella. No era una mirada de deseo. Era de observación. Como si estuviera catalogando cada gesto suyo, cada palabra que no decía.
Cuando por fin los invitados empezaron a despedirse —con abrazos exagerados, promesas de “pronto nos vemos en Mónaco” y comentarios sobre lo “impecable” que había sido todo—, Carmen se acercó a Elena una última vez. —Has estado perfecta —susurró, apretándole la mano—. Ahora ve con él. La suite nupcial está preparada en la mansión Müller. Mañana hablamos. Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna. —¿Mañana? Mamá, ¿qué pasa mañana? Carmen evitó su mirada. —Después de la noche de bodas… lo resolvemos. Confía en mí. Antes de que Elena pudiera preguntar más, Damián apareció a su lado. Su presencia era como una corriente fría que desplazaba el aire cálido del jardín. —Es hora de irse —dijo simplemente. No era una invitación. Era una orden. Elena asintió. No había opción. Un coche negro con chófer los esperaba en la entrada principal. Damián abrió la puerta trasera para ella —un gesto cortés, pero mecánico— y se sentó a su lado sin tocarla. El trayecto hasta la mansión Schwarzwood-Müller duró veinte minutos eternos. Ninguno habló. Elena miraba por la ventana las luces de Marbella deslizándose como perlas derramadas; Damián revisaba algo en su teléfono con expresión concentrada. Cuando el coche se detuvo frente a la imponente entrada de la mansión —una construcción moderna de líneas rectas, vidrio negro y acero que parecía más fortaleza que hogar—, Damián bajó primero y le tendió la mano para ayudarla a salir. Elena la tomó por instinto. Sus dedos seguían fríos. El vestíbulo era enorme, iluminado por una lámpara de araña que proyectaba sombras geométricas en las paredes. Un hombre mayor, vestido de mayordomo impecable, los esperaba con una reverencia ligera. —Bienvenidos, señor Müller, señora Müller —dijo con voz neutra—. Todo está preparado. Damián asintió una sola vez. —Gracias, Klaus. Puedes retirarte. El mayordomo desapareció por un pasillo lateral sin hacer ruido. Damián se volvió hacia Elena. Por primera vez desde la ceremonia, la miró de verdad, de arriba abajo, deteniéndose en el vestido arrugado, el velo que aún colgaba de su hombro, el maquillaje que empezaba a difuminarse bajo los ojos. —No esperaba que fueras tan… callada —dijo, casi como si hablara consigo mismo. Elena tragó saliva. —Ha sido un día largo. Él inclinó la cabeza ligeramente. —Supongo que sí. Subieron las escaleras en silencio. La suite nupcial ocupaba todo el ala este del segundo piso: una cama king size con sábanas de hilo egipcio blanco, ventanales del suelo al techo que daban al mar negro de la noche, un sofá junto a una chimenea apagada y dos puertas laterales que conducían a vestidores y baños privados. Damián se detuvo en el umbral. Elena entró unos pasos y se giró hacia él, esperando. Él no la siguió. En cambio, sacó una pequeña cartera de cuero negro del bolsillo interior de su chaqueta. La abrió y extrajo tres tarjetas de crédito negras, brillantes, sin límite visible. Las colocó sobre la cómoda de mármol con un movimiento preciso. —Estas son para ti —dijo—. Gasta lo que quieras. Ropa, joyas, viajes, lo que sea. No hay límite. La única condición es que no te acerques a mí. Elena se quedó inmóvil. Las palabras tardaron unos segundos en calar. —¿Qué? Damián la miró directamente a los ojos. No había emoción en su voz, solo hechos. —No me malinterpretes. Cumplimos con el acuerdo. La ceremonia se hizo. La alianza está sellada. Pero no tengo interés en compartir cama con una mujer que solo ve en mí un cajero automático y un apellido. Duerme aquí si quieres. O en la habitación contigua. Hay una suite de invitados preparada al lado. Tú decides. Pero mantente lejos. Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Quiso decir algo —explicar, defenderse, gritar que no era quien él creía—, pero las palabras se le atoraron. Damián se quitó la chaqueta con un movimiento fluido y la dobló sobre el brazo. —Buenas noches… Isabella. Pronunció el nombre como si fuera una etiqueta comercial. Luego dio media vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic suave pero definitivo. Elena se quedó sola en medio de la suite enorme. Se miró en el espejo del vestidor. El vestido blanco, el velo, el maquillaje corrido. Parecía una novia abandonada en su propia noche de bodas. Se quitó la mantilla con manos temblorosas y la dejó caer al suelo. Luego se sentó en el borde de la cama, abrazándose los brazos, y por primera vez desde que había aceptado suplantar a su hermana, permitió que las lágrimas cayeran. No eran de tristeza. Eran de rabia contenida. De miedo. De la certeza absoluta de que acababa de casarse con un hombre que la despreciaba… y que ni siquiera sabía su verdadero nombre. Fuera, en el pasillo, Damián se detuvo un segundo frente a la puerta cerrada. Apoyó la palma en la madera, como si dudara. Luego retiró la mano y siguió caminando hacia su propio ala de la mansión. La noche acababa de empezar. Y ninguno de los dos sabía cuánto tiempo duraría la mentira.






