Suspiro y con orgullo, le hablo.
—Es mi esposa —digo, en voz baja, con la punzada sorda de quien todavía no sabe si pertenece al cielo o al infierno—. Quiero que la conozcas.
Antes de que pueda guiar a Emili, aparece Misael, como un relámpago cargado de celo.
—Amor, ¿hasta cuándo vas a dejar que este lunático acapare tu tiempo? —su voz es brusca y protectora, no hostil.
Solo es él, cuidando lo que es suyo.
—Misa, solo estábamos poniéndonos al día —dice Emili, acercándose a él, dándole un beso ti